No hay que ser científico de la NASA para aprender a cambiar un pañal

Cuando mis hijos estaban chiquitos, si algún amigo o familiar veía al papá de mis hijos cambiar un pañal, lo celebraban con bombos y platillos. “Pero qué padre tan bueno es!”. Me miraban admirados de la suerte que tenía con un hombre así a mi lado. Lo llenaban de elogios por ser un padre increíble. Era como si hubiera llevado a cabo un acto heroico. ¡Por cambiar un pañal!!!

No importaba si yo había bañado a los niños, los había vestido, había preparado la comida, les había lavado la ropa, los había llevado al parque, nada de eso contaba para una expresión de aprecio. Eso es lo mínimo que hace una “buena mamá”.

No sólo se da por hecho que esa es la obligación de la mujer, se espera que lo cumpla a cabalidad, todos los días sin falta y sin quejarse. Y es juzgada y llevada a la hoguera si falla en algo, si deja un pañal sin cambiar, o no está la comida lista a tiempo, o la ropa está sucia. No hay nada peor en la cultura latina que una “mujer descuidada”.

La lista de las “obligaciones” domésticas impuestas exclusivamente a la mujer desde siempre es eterna. Hay que ser mujer y ser mamá para saberlo. No alcanzan las horas del día para llevarlas a cabo y nunca terminan.

Se sobreentiende que el cuidado de los hijos y el manejo de la casa le corresponde a la mujer. No importa si la mujer trabaja fuera de la casa o no. Las tareas domésticas siguen siendo nuestra responsabilidad. Eso no se considera trabajo, no es remunerado, no es apreciado y en la gran mayoría de los casos, no es compartido.

¿Hasta cuándo vamos a seguir pensando así? ¿Hasta cuándo vamos a enseñarle a nuestras hijas que deben aprender a cocinar y a limpiar, mientras sus hermanos no tienen que siquiera levantar el plato de la mesa?

Conozco mujeres que caen en su propia trampa y piensan que ellas lo hacen mejor que sus esposos y se cargan con todas las obligaciones del cuidado de los hijos y las labores del hogar porque “ellos no lo saben hacer”.

Otras se resignan a hacerlo todo porque están cansadas de pelear y prefieren evitar conflictos. Convencidas de que no hay posibilidad de negociar, que nada va a cambiar de todos modos.

No hay que ser científico de la NASA para aprender a cambiar un pañal o preparar una comida. Hay que querer hacerlo. Hay que apreciar que el tiempo y el esfuerzo de la mujer vale lo mismo que el del hombre. Que tenemos el mismo derecho de descansar y de tener tiempo para nosotras que tienen ellos.

¿Cuándo vamos a dejar de pensar en la mujer como el caballo de carga de la familia? La administradora-cocinera-cuidadora-encargada de la limpieza-coordinadora de horarios-chofer-tutora-etc-etc-etc? Podría escribir mil etc más.

Cada vez hay más mujeres profesionales con posiciones de responsabilidad y cumpliendo horarios de trabajo extenuantes. Pero cuando llegan a la casa, regresan a la Edad de Piedra. La mujer se pone el delantal y asume su posición de sierva mientras el hombre se relaja y hace lo que le da la gana.

Conozco muy pocos casos donde hay igualdad en la repartición de las tareas domésticas. Reconozco que hay algunos, pero son muy pocos. Y la manera como se posiciona el asunto es que el hombre le está “ayudando” a la mujer. Yo me acuerdo que le pedía al papá de mis hijos “ayuda” con el tono más dulce posible (no era muy dulce). Como si en realidad todo el trabajo fuera mi responsabilidad y él estuviera “dándome una mano”. Cayendo en un paracaídas de vez en cuando en mi territorio: la casa y los niños.

¡No es así! Esto que voy a decir es obvio, pero al parecer no para muchos: las tareas de la casa y los hijos son responsabilidad de la mujer y del hombre (si hablamos de una pareja heterosexual). Limpiar, hacer las compras, mantener la casa, cocinar, criar hijos, vestirlos, bañarlos, darles de comer, hacer las tareas, en fin, todo, absolutamente TODO es obligación de las dos partes. No entiendo cómo esto no es la norma y la regla. ¡Estamos en el siglo XXI!!!

No hay ninguna evidencia científica que compruebe que la mujer está mejor equipada para hacerlo. Es una tradición con la que hay que terminar si queremos construir una sociedad más justa y equilibrada. Y es la única manera de lograr parejas que funcionen y familias felices.

¿El trabajo define nuestra identidad?

Siempre me ha parecido extraño cuando la gente dice “Soy (abogado, doctor, profesor, arquitecto, etc.)”, como si fuéramos lo que hacemos.

Por años y años (a veces parecen siglos) fui a trabajar a una oficina, igual que hizo mi mamá. Tener un trabajo me daba la sensación de ser alguien, un sentido de identidad. No solamente llenaba la mayor parte de las horas del día, sino que podía decir “soy … algo”. Despertarse en la mañana de afán para llegar a la oficina, para completar una serie de tareas, para llegar a la casa y tener una respuesta rápida cuando alguien preguntara “qué haces o, mejor, quién eres”, te da seguridad.

Me sentía orgullosa de tener una profesión, una oficina, tarjetas de presentación. Pero también me sentía encarcelada. No era dueña de mi tiempo. Me sentía como un robot que recibe órdenes, cumple órdenes y se va a la casa a chequear el email en caso de que haya algo más que hacer. Tenía que pedir permiso para ir al médico, salir de vacaciones, cualquier cosa que me obligara a estar fuera de la oficina. Es decir, la compañía donde trabajaba era la dueña de mi tiempo y de mi vida, de alguna manera.

Así que a los 48 años renuncié a mi trabajo y me lancé al vacío. Ahora cuando la gente me pregunta, digo que estoy “en transición”, no sé de qué ni hacia dónde. No es el estatus ideal. Y a veces me siento rara. ¿Quién soy si no tengo un trabajo? ¿Ya no soy “importante”? ¿El trabajo nos define?

Yo pensaba que iba a estar como el oso polar del zoológico de Barcelona, que se pasea de un lado al otro en su jaula, incluso si me dejaban salir. Pensé que no iba a saber cómo ser libre y saber qué hacer con mi tiempo. Me ponía ansiosa al principio sin un calendario de Outlook que dictara cada hora del día.

No tener trabajo es como estar en un tren con destinación desconocida. La incertidumbre te pone ansioso y lo hace pensar a uno en las cosas más horribles. Aunque tener un trabajo no es nada seguro, porque todos sabemos que se puede terminar en cualquier momento. Pero tener un título te da una identidad. Sabes quién eres.

Resulta que sigo siendo la misma persona, no me estoy paseando de un lado a otro en la jaula, al contrario, estoy disfrutando de mi tiempo y mi vida. Estoy ensayando nuevas cosas. Escribiendo este blog por ejemplo. Me estoy dando la oportunidad de ser algo más que un cargo profesional. Estoy aprendiendo a aceptar que no sé hacia dónde voy. A que no me importe cuando la gente me mire raro porque no digo “Soy esto y aquello y aquí está mi tarjeta de presentación”. Claro que tengo que inventarme la manera de ganar plata. Pero no quiero sentir que tengo que entregar mi vida a cambio de eso. Prefiero tomar el riesgo y que la vida me sorprenda.

¿Sientes que tu trabajo te define? Comparte tus ideas aquí.

Abuso sin golpes

No sólo con golpes se castiga a la mujer. Hay muchas maneras de humillarla, denigrarla, destruirla. Hay insultos, hay silencios, hay abuso sicológico, hay presión, hay opresión, hay formas de decirle que no vale nada sin tocarla.

Las lesiones físicas son una prueba tangible de abuso y lo hacen más fácil de delatar, pero cuando no hay prueba física del maltrato, puede pasar desapercibido durante años, incluso para la víctima.

Criticar nuestra apariencia física es una de sus armas favoritas. Que si estamos gordas o flacas, que si la ropa que usamos es demasiado sexy o de monja, que si usamos mucho maquillaje o muy poco, que si el pelo está muy largo o demasiado corto. Los novios y esposos se sienten con el derecho de decirle a “sus” mujeres cómo deben lucir.

Un hombre con quien salí hace ya un tiempo me criticó porque la falda que tenía puesta estaba muy corta y me hacía ver demasiado sexy, además le parecía que yo era coqueta. Lo mandé al carajo rápido. He visto con horror a mujeres cambiarse de ropa para complacer a sus parejas. Escuché a un marido avergonzar a su esposa en público por verse muy gorda.

Nos torturan criticando nuestro cuerpo, comparándonos con otras mujeres más bonitas. Usan la comparación con otras para denigrarnos y “ponernos en nuestro lugar”. Para que no seamos “creídas”.

Yo tengo un consejo: si a tu novio no le gusta tu cuerpo, tu cara, o cómo te vistes, déjalo! Nunca dejará de criticarte!

Carrera

En muchas parejas que conozco la prioridad es la carrera del esposo y eso no se cuestiona. El trabajo de la mujer es complementario, algo para mantenernos ocupadas y ayudar a la economía familiar. Si es un trabajo de bajo perfil y donde no llame mucho la atención, mejor.

Un alto índice de mujeres destacadas profesionalmente, pagan su éxito en la oficina con los cachos de su esposo en la casa.

La carrera del hombre bien vale los sacrificios de toda la familia. El hombre tiene una carrera, en el caso de la mujer es solo un trabajo.

Incluso cuando la mujer gana más dinero que el hombre, lo que es cada vez más común, la carrera del hombre tiene prioridad. A menudo cuando ese es el caso, el hombre adopta una actitud crítica, listo a encontrar las “faltas” de la esposa.

La mujer casi tiene que probar que puede hacerlo todo y no fallar en ningún aspecto. Lo cual es obviamente imposible. Porque además, las tareas del hogar siguen siendo la responsabilidad de la mujer.

Humor con dardos

Nos denigran burlándose de nosotras. Nos infantilizan con comentarios que en apariencia son chistosos e inofensivos, pero en realidad son dardos para hacernos pedazos por dentro. “Corres como una niña chiquita”, “No tienes idea de conducir”, “Nunca vas a aprender a sumar 2+2”.

Esa es otra de sus estrategias, hacernos creer que no servimos para nada, que no hacemos nada bien, que nos vemos ridículas intentándolo. Hacernos sentir incompetentes en la casa o en el trabajo. Dirigirse a nosotras como si fuéramos niñas chiquitas o tontas es otra manera de rebajarnos.

Ignorando lo que es importante para nosotras. Si sales con alguien que no te pregunta cómo te sientes, qué es importante para ti, a dónde quieres llegar, cuáles son tus prioridades, sal corriendo!

Con frecuencia las conversaciones giran en torno a lo que es importante para él y no para ella. Se asume que para una mujer “buena” la prioridad es su familia y el bienestar de todos los que están a su alrededor, menos ella misma.

El problema es que muchas de estas actitudes son el resultado de lo que es aceptado y reforzado por la religión, la familia, la cultura en que crecimos. Nos parece normal que nos hablen como niñas y se burlen de nosotras. Estamos acostumbradas a pensar que ser dóciles y sacrificadas son virtudes femeninas.

El abuso emocional deja huellas invisibles y profundas. Acaba con nuestra autoestima, la fé en nosotras mismas, las ganas de vivir. Hay que romper con el mito de la mujer dócil y alejarse de relaciones que hacen daño.

Las arrugas son sexy!

Tengo una amiga muy querida que piensa que soy descuidada porque no me hago botox, ni me estiro la cara, ni me pongo inyecciones para rellenar las arrugas. No estoy diciendo que nunca lo voy a hacer. Puede que cambie de opinión en algún momento. Pero no lo he hecho y me siento bien así. Con arrugas y todo.

Tengo arrugas en la frente y en el ceño. También se me hacen arrugas debajo de los ojos y alrededor de la boca. Por suerte no me las veo. Y cuando las veo en mi o en otra mujer me gustan. Cuál es el problema con que las mujeres envejezcamos?

Es cierto que vivimos en una sociedad que idealiza la juventud, pero los hombres no tienen la misma presión que nosotras por verse jóvenes. A ellos se les ven “sexy” las canas.

A mi en cambio me parece sexy una mujer que no esconde sus años. Creo que al tratar de esconder las señales de la edad se notan más. Y que se note la edad no debería ser algo tan importante en todo caso.

La obsesión por parecer más joven nos oprime y esclaviza. Y es una batalla perdida de todas formas. Los años vividos dejan sus señales y está bien tenerlas y mostrarlas. Los rostros sin líneas pierden expresión.

La publicidad, nuestras creencias, todo a nuestro alrededor conspira para que busquemos desesperadamente lo imposible: lucir de 15. Cuando lo único que en realidad podemos hacer es cambiar cómo nos sentimos frente a envejecer.

Una de las ventajas de pasar de los 40 es que los tipos no nos silban en medio de la calle. Ya nos somos tan “apetitosas” y nos dejan en paz. Ufff!! Qué liberación!

Otra gran ventaja es que no tengo ningún problema en dejarle saber a un tipo que no estoy interesada en sus avances. Ya no me invento un número de teléfono falso. Lo puedo mirar de frente y decirle “No estoy interesada, gracias”. Arriesgándome, claro, a que se ponga grosero o agresivo. Pero no me importa.

Hay muchas, muchas ventajas de ser más maduras y haber vivido. Una de ellas debería ser no darle tanta importancia a cómo lucimos. Sentirnos lindas como somos.

Si lo pienso, no quisiera volver a tener 20, 30 o 40 años. Con cada año aprendo a sentirme más cómoda con quien soy. A aceptar mi cuerpo. A estar contenta y agradecida por mi vida y la gente que me rodea. Me conozco mejor y me siento más segura de mí misma. Sé cómo protegerme. Sé qué hacer un domingo lluvioso. Aunque no puedo decir que alcancé la iluminación, me gusta cumplir años y decir cuantos tengo.

He luchado para llegar a donde estoy. Durante mucho tiempo me ponía incómoda con decir mi edad. Ahora digo orgullosamente TENGO 50 AÑOS y me siento sexy!

Mi mamá: una feminista sin discurso

Tuve la fortuna de ser hija de una feminista. Creo que es lo que más me ha marcado en la vida. Stella Villamizar, mi mamá, era lo que uno de sus grandes amigos llamó una “feminista sin discurso”.

No era militante de ningún movimiento. Era una mujer de carácter, sabía lo que quería, vivió bajo sus propios términos, rompió esquemas, tenía el timón de su vida en sus manos. No cedió a las convenciones de la sociedad conservadora y machista donde nació.

Nunca necesitó un marido que la mantuviera, ella era cabeza de familia y se las arregló para sacarnos adelante a mi hermana y a mi sola. Fue una profesional destacada en una época donde no había muchas mujeres en cargos de responsabilidad en Colombia. En Cali era la única mujer miembro de la Junta Directiva en la empresa donde trabajó.

No sabía cocinar, le gustaba bailar, tenía miles de amigos y era el conector de todos. Su mejor herencia es el amor entrañable de sus amigos que heredamos mi hermana y yo. El vacío que nos dejó todavía se siente y todavía duele.

Yo he venido a apreciar a mi mamá en su dimensión real, su valor, su visión, su verraquera, solo después de que murió. Qué tristeza! Su muerte prematura y repentina me dejó en un estado de shock del que todavía trato de recuperarme.

Tuvimos una relación cercana y turbulenta. Somos muy parecidas en personalidad y en carácter. Peleábamos constantemente, nos hicimos daño, nos dijimos cosas, nos dejamos de hablar. Pero siempre cerca, siempre solidarias y orgullosas la una de la otra.

Su muerte abrupta nos negó la posibilidad de … no sé de qué. De algo que hubiera querido y no se pudo y no logro nombrar, pero eso se fue y no tiene vuelta atrás.

Contar su historia me llena de orgullo. Venía de una familia de clase media de Cúcuta, una ciudad pequeña en la frontera entre Colombia y Venezuela. Cuando terminó el colegio tuvo que pelear y negociar con su astucia innata para que el papá la dejara ir a la universidad. Las mujeres no estaban supuestas a estudiar después del bachillerato. Estaban destinadas a casarse y tener hijos. Pero ella no, ella sabía que quería más. Quería aprender. Quería viajar. Tenía curiosidad, era una apasionada por la vida.

Estudió en la Universidad Nacional de Bogotá, la mejor universidad pública de Colombia. Fue alumna del cura revolucionario Camilo Torres, a quien adoró. Eran los años 60, la década que transformó la sociedad. Allí conoció a mi papá, que era profesor de inglés en la Nacional. Consiguió una beca para hacer una especialización en sociología en la Universidad Sorbona en París y se fue con mi papá a vivir allá. En esas llegué yo, sin avisar. Mis papás se casaron en París cuando ella tenía cinco meses de embarazo para facilitar los procesos legales, no por ninguna otra razón. No por la religión, ni por el qué dirán.

Mi papá era escritor y no tenía un salario estable, así que desde siempre fue ella la que se hizo cargo de los gastos de la casa. Mis papás se separaron después de siete años.

Mi mamá no tenía padrinos, ni venía de familia adinerada. Tenía un magnetismo especial por su inteligencia, su sentido del humor y su belleza. Y tenía amigos en todas partes. Su vida social era muy agitada. Era amiga y confidente de ministros, directores de periódicos, escritores, periodistas, chefs, pintores, relacionistas públicos. Le fascinaba salir, rumbear, sabía todo lo que pasaba en Colombia. Durante muchos años escribió para la columna Teléfono Rosa, una de las más leídas de El Tiempo.

Era un conector natural. Si sabía que alguien hacía algo que le podía interesar a otra persona, los ponía en contacto. Ayudaba a todos los que podía, sin dárselas de santa, ni esperar nada a cambio. Le gustaba eso: conectar a la gente. Todavía cuando hablo con sus amigos lamentan sentirse desconectados y perdidos sin ella. Igual que me siento yo.

A su funeral fueron intelectuales, políticos, artistas, músicos, hippies, abogados, gente de todas partes. No cabían en la iglesia. Esas demostraciones de cariño de todos sus amigos me mantuvieron de pie en esos días. Entendí por qué es importante ese ritual. En ese amor compartido conservamos algo de ella.

Mi mamá vivió intensamente. Disfrutó cada cosa que pudo. No se privó de ningún viaje, ninguna comida rica, ningún Festival Vallenato. Se enamoró cuantas veces quiso. Era el alma de las fiestas. Tal vez intuía que no le sobraría el tiempo y lo aprovechó. Esa es su mejor enseñanza. Seguir siempre adelante, disfrutar todo lo que se pueda. Vivir la vida.

Matilde Suescún

El machismo tiene muchas formas

Hace unos años un amigo logró convencerme de que el problema conmigo no era tanto lo que yo decía, sino el “tono” que tenía al hablar. “Es el tono Mati, la forma como dice las cosas”. Y yo me lo creí. A las mujeres nos enseñan a ser sumisas y dóciles desde chiquitas. Nos enseñan a hablar con una voz aguda y a terminar las frases en subida, como si estuviéramos preguntando algo. No suena bien que nosotras digamos cosas con convicción, afirmando como si supiéramos de qué estamos hablando. El uso del afirmativo y el imperativo nos es prohibido a las féminas! No nos suena bien.

Nos tildan de brujas, faltas de macho, histéricas, y la lista sigue. Hay miles de palabras para insultar a las mujeres. Aprendemos desde niñas y sin darnos cuenta, a presentar nuestras ideas y teorías de manera que no ofenda a nadie. Empezamos las frases con palabras como “Tal vez”, “Qué tal si intentamos”, “Yo creo…” Para que el hombre sienta que es él quien aprueba.

Después de esa conversación con mi amigo, estuve ensayando cómo decir las cosas con otro “tono”. Tengo un tono de voz grave y un carácter fuerte y por eso me he sentido culpable, me he metido en problemas. He sido tildada de “dominante” y “brusca”. Adjetivos muy malos para una mujer. Los hombres dominantes en cambio, son respetados y admirados. Los bruscos son sexys.

Otra clásica forma de machismo es el famoso “mansplaining”, convertido en verbo por el libro Men Explain Things To Me de Rebeca Solnit. Hay que leerlo. Me ayudó a ver claramente porqué me sentía tan incómoda cuando me hablaban como si no entendiera nada. Antes me daba rabia, ahora me da risa y me voy cuando un hombre empieza a explicarme el mundo como si yo tuviera cinco años. No importa si uno sabe más sobre el tema, el hombre tiene que explicarnos las cosas. Los hombres se sienten con el derecho inherente de darle sentido al mundo y explicárnoslo. Solo por el hecho de ser hombres. Muchas veces nuestro punto de vista ni siquiera importa. No hay diálogo, es un largo y aburrido monólogo en lugar de una conversación.

Incluso hablando con amigos, me doy cuenta de que ellos tienen que tener la última palabra en una discusión. Y adoptan un tono condescendiente “No, tú no entiendes, las cosas son así”. Y no hay manera de que no ganen la discusión. Ellos saben más.

En reuniones de trabajo, frecuentemente los miembros del sexo masculino, que son los que manejan los presupuestos, los que tienen los cargos más altos, también son los que dominan las discusiones y toman las decisiones finales. A las mujeres nos dejan alegar, hablar un rato, pero al final ellos tienen la última palabra.

El machismo se vive en todas partes y de mil maneras. A veces estamos tan acostumbradas que no nos damos cuenta. Cuál es tu historia más reciente de machismo? Compártelo aquí.

La era de los niños dioses

Cuando yo crecí mis papás tenían su vida y yo era parte de ella, no necesariamente la más importante, simplemente una de las partes. Ellos tenían cada uno su carrera, luchaban por conseguir trabajo y pagar el arriendo, tenían novios-novias (después de separarse, o quizás antes). En fin, eran dos adultos tratando de sobrevivir en este complejo mundo lleno de incertidumbres.

Hoy en día, el mundo de los adultos gira alrededor de los niños. La gente planea su vida en función de los hijos. Vivimos en una sociedad que idealiza los niños y los ha convertido en la única razón de ser de los padres.

La vida entera está planeada para ajustarse al horario de los “angelitos”. Las mamás se hacen un ocho tratando de llevar a los niños de una actividad a otra en las tardes. Los sábados y domingos son una sucesión de eventos deportivos, fiestas infantiles, planes para que los niños se diviertan al máximo mientras los adultos los observan y aplauden cada paso que dan. Hay que aprovechar cada minuto para desarrollar el potencial de los mini genios en potencia.

Nada es demasiado cuando se trata de darles gusto. Las fiestas de cumpleaños con unas producciones con una infinidad de sorpresas y actividades. No importa si hay que endeudarse para pagarlo. Cuando no es un viaje a Disney porque sin Disney no hay infancia.

Las mujeres no dudan por un segundo en dejar atrás exitosas carreras para tener el tiempo libre para dedicárselos por completo. Van a los PTA meetings, son voluntarias en los colegios, y la sociedad entera aplaude tan noble gesto.

Todos los niños en todos los deportes que practican reciben trofeos enormes más grandes que ellos mismos. Todos los dibujos son obras de arte que los padres se esfuerzan por elogiar. “Qué belleza! Eres un artista”.

Vivimos en la era de los niños dioses. Los niños no saben lo que es un límite, lo único que han escuchado en la vida es alabanzas de lo maravillosos, lo únicos, lo excepcionales que son. Se sienten con el derecho de juzgar a los padres, de exigir lo que quieren, de hacer pataletas.

Estamos criando hijos que se sienten con un derecho inherente a todo. El mundo les debe. A ellos les basta con existir y respirar para recibir todo tipo de halagos. Qué estamos haciendo? Si el niño no pinta bien, para qué mentirle y decirle que es un artista? Si no juega bien, para qué darle un trofeo de campeón? Cómo van a aprender a luchar en la vida si acomodamos todo para que estén bien, no se aburran, no se enojen, no les “falte nada”?

Creo que si desde niños se dan cuenta que genios hay muy pocos y que para ser campeón hay que luchar mucho, van a ser más felices.

Qué piensas sobre la manera como estamos criando a los hijos hoy en día? Deja tus comentarios aquí.

Por qué no quiero un anillo

Mi hija se burla de mí porque me he casado dos veces y nunca he tenido anillo, ni se me han arrodillado para pedirme la mano. Dios me libre! No entiendo el ritual, ni entiendo cómo se puso de moda en todo el mundo.

Tener una “roca” en el dedo anular de la mano izquierda es el sueño y la meta de muchas mujeres. Entre más grande el diamante, mejor. Representa el valor de la mujer. El anillo es una especie de sello, de título de propiedad sobre la mujer. Quiere decir esta mujer está tomada y el dueño es poderoso. Si el anillo es muy grande el dueño debe ser muy rico, o está tan enamorado que se endeudó para comprarlo. El anillo es como un lastre, un peso, un candado que marca la mujer. Las mujeres lo llevan con orgullo, lo muestran en Facebook, le cuentan a las amigas cuánto costó. Si es muy muy caro, debe ser porque ellas valen mucho.

Peor aun es la pedida de mano. El hombre decide cuándo y dónde propone. La sorpresa entre más grande mejor. La mujer espera pasivamente que el hombre la sorprenda y le pida ser su mujer. Ella no tiene poder de decidir o proponer. Dónde se ha visto eso? Que una mujer tome la iniciativa? Y estamos hablando de una de las decisiones más importantes de la vida de una persona. Pero la tradición nos obliga a esperar pasivamente a que el hombre decida por nosotras. A que se arrodille y saque el anillo. Eso es considerado romántico.

Desde ahí empiezan las cosas mal. No sería todo mucho más normal si las cosas se hablaran? Una pareja que se quiere y en algún momento por la razón que sea, decide de común acuerdo, casarse. Dos adultos que se comunican y toman la decisión, los dos, de comprometerse y compartir la vida y lo quieren hacer oficial. No tiene eso mucho más sentido?

Yo no quiero que nadie se me arrodille, ni arrodillarme ante nadie. No quiero que me llamen princesa porque no vivo en un castillo, ni espero un príncipe en caballo alado. Quiero un hombre de carne y hueso, un adulto que me quiera y me respete. Quiero decidir con esa persona cuándo y cómo casarme por razones que quiero que los dos entendamos. No quiero sorpresas, me gusta saber qué va a pasar y para dónde voy. El anillo no representa mi valor. El valor de la mujer no se mide con carates.

Qué piensas de los anillos de compromiso?

Nadie es racista, pero que no se metan con mi hija!

Ninguno de mis amigos es racista. Todos tienen un amigo negro y les gusta el jazz, votaron por Obama, o les fascina Beyonce. Pero, cuando les conté que mi hija de 16 años tenía un novio negro (en español no decimos afro-americano) daban un brinco, no se podían controlar. “Uy, tienes que cuidarla mucho”, me decían. Cuidarla de qué me pregunto. De que la toque? De que la mire? De que la lleve a su casa? De que se acueste con ella? Si el muchacho no fuera negro, no la tendría que cuidar? O cuidarla menos tal vez?

El novio de mi hija no quería venir a mi casa. En parte por miedo a que yo no aceptara la relación y lo tratara mal. En parte porque en mi barrio no hay gente de color y le daba miedo. En parte porque su familia le ha dicho de no montar en bicicleta después de las 6 de la tarde en un barrio que no sea el suyo porque le pueden disparar.

Esa es la realidad que vivimos en el siglo XXI en Estados Unidos. La gente cree que tiene el derecho de dispararle a quien le parezca sospechoso, léase negro u oscuro de piel.

Mis hijos fueron al colegio público del barrio en Miami y allí se juntaban jóvenes blancos, negros y Latinos, pero más allá del colegio hay unos límites invisibles que casi nadie traspasa. No hay leyes que prohíban los noviazgos o matrimonios entre personas de razas diferentes hoy en Estados Unidos, pero existe un prejuicio enorme que nos separa. No creo que muchos de mis amigos hubieran permitido que su hija tuviera un novio de color. Ni pensarlo! Pero ninguno es racista.

Nos negamos a admitir nuestros propios prejuicios, por lo memos en público.

Los Latinos creemos que no somos racistas porque en América Latina las razas se mezclaron y todos tenemos algo de indígena, negro y blanco. Pero por supuesto, entre más clara la piel, más alto el nivel socio-económico. Y eso sí, en nuestros países no se mezclan las clases sociales. Las líneas están bien definidas. Rico con rico, pobre con pobre y para toda la vida. Salvo muy pocas excepciones.

Si empezáramos por admitir nuestros prejuicios, porque todos los tenemos, ese sería un buen comienzo para empezar a transformar la forma como nos relacionamos.

Te importaría si tu hijo o hija saliera con alguien de color? Compártelo aquí.

Por qué soy feminista y no me da pena

Durante muchos años no me atreví a decir que era feminista porque pensaba que las feministas eran “marimachos” con bigotes y rabiosas. Entonces, pensaba que si yo decía que era feminista, la gente iba a creer que yo tenía problemas y que además era fea.

Por suerte, las cosas han cambiado y ahora ser feminista puede ser hasta cool. Emma Watson ha hecho mucho por poner el feminismo de moda y explicar qué es ser feminista. La escritora nigeriana Chimamanda Adichie, mi heroína, lo explica muy bien en su libro We Should All Be Feminists. Le regalé ese libro a mi hija y a mi sobrina y quisiera seguir regalándolo.

Este es el primer blog que escribo y no por coincidencia es sobre feminismo. Quisiera a través de este espacio cibernético llegar a mujeres latinas y lograr que abran los ojos. Ser feministas es el primer paso.

Por qué? Primero porque tenemos que darnos cuenta que las mujeres tenemos los mismos derechos que los hombres. Derecho a ser felices, a estudiar, a trabajar, a decidir qué hacer con nuestro tiempo, a elegir qué hacer con nuestro cuerpo, a disfrutar de nuestra sexualidad. Derecho a expresar lo que sentimos, nuestros deseos, miedos, aspiraciones sin miedo a ser juzgadas. Derecho sobre nuestro cuerpo, con quién disfrutarlo, cómo vestirnos, cómo mostrarlo o no hacerlo. Es nuestra decisión. No la decisión del hombre a quien amamos, o del hombre con quien nos casamos, o del hombre con quien estamos en una relación, o del papá, o del hermano.

Nosotras somos las dueñas de nuestra vida y las que tenemos autoridad única de tomar las decisiones sobre nuestra vida y nuestro cuerpo. Tomemos el timón de nuestras vidas.

El objetivo de la mujer no es casarse, ni ser sexy, ni gustarle a los hombres, ni llegar virgen al matrimonio, ni ser la mejor madre del mundo, ni la mejor hija, ni la mejor nada. La meta es llegar donde nosotras decidamos que queremos llegar. No seguir lo que está impuesto por la sociedad, la religión, las instituciones, todas a su vez inventadas y regidas por hombres.

Con bigote como Frida, sin pelos en la lengua, o como quieran, las invito a volverse feministas y a sentirse con el derecho y el valor de vivir la vida a manos llenas y con los ojos abiertos.

Eres feminista? Comparte tus ideas.