From China with love

El azar y un congreso de radiología me llevaron a la China. Tuve la inmensa suerte de pasar 15 días divididos entre Hong Kong, Shanghai y Pekín con el mejor compañero de viaje que se pueda pedir.

La China es literalmente otro mundo. Un mundo que nos lleva mucha ventaja y en donde todo parece funcionar mejor que en Estados Unidos y muchos otros países occidentales. Un mundo donde el comunismo puro y duro se dejó seducir por Cartier.

Si uno compara el aeropuerto Internacional de Hong Kong con el aeropuerto La Guardia de Nueva York, o el metro de Shanghai con el de Manhattan, no queda duda de cuál es el país más avanzado.

Las estaciones y los vagones del metro son impecables, bien señalizados (los nombres de las estaciones están traducidos al inglés) los trenes pasan con mucha frecuencia hasta altas horas de la noche. Hay banners de publicidad por todas partes. Incluso en los túneles entre una estación y otra. ¿Cómo en Manhattan, el corazón del país más poderoso del mundo el sistema de subway se está cayendo a pedazos, mientras en Shanghai tienen un metro que sirve a cerca de 24 millones de personas funcionando a la perfección?

El desarrollo económico y tecnológico en los últimos 30 años en China no tiene precedentes. Es un dragón enorme y nos va a devorar a todos. ¿Cómo han logrado esa mezcla de gobierno comunista y controlador con una economía muy parecida al capitalismo? Por todas partes hay centros comerciales de lujo y calles llenas de tiendas de marcas occidentales. Desde Chanel y Gucci hasta Forever XXI y Zara, sin mencionar McDonalds y KFC, que parecen estar en cada esquina.

Me llamó la atención al llegar ver los anuncios en vallas enormes de video de calidad impecable en los aeropuertos. Cartier, Channel, Dolce Gabanna, Rolex. Los primeros días en Hong Kong pensaba que la gente solo compraba marcas de lujo. Yo buscaba una joya artesanal de jade hecha en China, pero nada. Relojes de Cartier de 10 mil dólares para arriba o las mejores imitaciones que se pueden encontrar de Rolex por $100.

Todo lo que uno compra en las tiendas en este lado del mundo está hecho en China y por eso es más barato. Pero en China esos mismos productos son mucho más caros.

Las mujeres en China no se maquillan mucho. Se visten con ropa holgada y usan zapatos bajos. Me gustó ver que muy pocas tienen cirugía plástica. No sentí esa obsesión por la belleza que veo en Miami o en Bogotá. ¡Qué liberación! No hay personas obesas y casi nadie es gordo. En eso también nos llevan ventaja.

Los hombres no lo miran a uno en la calle ni le gritan piropos a las mujeres. ¡La felicidad!

La gente no habla a gritos. Los policías no están armados. No vi a nadie pelear o agredir a alguien. No hay ese miedo de que lo roben a uno en la calle que se siente en Paris o en Bogotá. No hay mendigos ni gente durmiendo en las calles. Lo que sí hay es personas escupiendo por todas partes. ¡Horrible!

Los chinos son hospitalarios y serviciales. Me di cuenta que tenemos mucho en común. Son sentimentales como los latinos y tienen relaciones muy cercanas y cariñosas con los padres y abuelos. Igual que en nuestros países, el tráfico es caótico, la gente maneja como loca y no tienen reparo en tocar la corneta. En fin, tenemos mucho más en común de lo que pensé.

No quiero decir que China sea un paraíso. Ni pretendo entender las complejidades de un sistema represivo solo por pasar dos semanas de vacaciones. Estoy al tanto de las violaciones a los derechos humanos, las acusaciones de corrupción del gobierno, la libertad restringida de sus habitantes.

Hay una censura implacable que bloquea la televisión, el cine, los libros extranjeros y nacionales considerados subversivos al sistema. Allí se vive en una realidad paralela donde los medios Occidentales no tienen cabida.

En China no hay acceso a Google, ni a Facebook, lo que debo decir, me molestó mucho, pero también me sirvió de détox. El WhatsApp se puede ver de vez en cuando, casi siempre está bloqueado.

Los viajes son buenos, entre otras cosas, para aprender a ver las cosas desde otra perspectiva, ver cómo viven en otros sitios. Vivo en una democracia donde el comandante en jefe no tiene idea de lo que está haciendo, hay más armas que personas, todo se maneja como un negocio, incluso la salud y la educación, y por si fuera poco, quieren quitarle el acceso a los contraceptivos a miles de mujeres.

En ese otro lado del mundo no hay democracia, pero algunas cosas funcionan mejor.

En la maleta traje el libro rojo de Mao. Y en el corazón una gran admiración por una cultura que no deja de evolucionar, de contribuir y de influenciar al resto del mundo desde hace miles de años y se mantiene sólida, enorme, más fuerte que nunca.

Please follow and like us:
onpost_follow

Leave a Reply

Your email address will not be published.